jueves, 29 de octubre de 2015

Recuerdos a la luz de la luna. Especial: Día de todos los Santos.

¡Hola a tod@s!

Llega el momento de poneros una nueva historia que he escrito para celebrar el día de todos los santos y halloween. La historia que he escrito va dedicada a todas esas personas que padecen la enfermedad del Alzheimer, a todas ellas van dedicada esta preciosa y extraordinaria historia de amor. Una historia que me ha costado mucho escribirla puesto a que cada vez que me iba acercando a finalizarla siempre había alguna lágrima que me lo impedía. Con un final precioso que espero que sea de vuestro agrado. Siento las erratas que os podáis encontrar en la historia pero la escribo con mis mejores esfuerzos para todos vosotros para este emotivo día. Espero que sea de vuestro agrado. Un gran cariño mío para todas esas familias que no pasan por buen trago estas fechas tan señalada.

Disfrutarla.

Recuerdos a la luz de la luna.

  • Sipnosis: Una verdadera historia de amor. Donde el amor se impone a todo aquello que la vida nos ofrece. Una pareja joven que se enamoran y se hacen viejitos juntos. Una enfermedad que luchan a capa y espada. Un final donde la luna es la única testigo de ese extraordinario momento. Recuerdos a la luz de la luna.
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Recuerdos a la luz de la luna.

Me llamo Jaime, tengo 33 años. Vivo muy cerquita de la capital gaditana. Os quiero contar una cosa que le pasó a mi tío Alfredo junto a su esposa Sofía. Ella padece de Alzheimer y murió olvidando a su marido, donde su última lágrima era de recuerdos desechos sin capacidad a recordar a quien amó desde jovencita.

Actualmente yo vivo en casa de mi tío por motivos de trabajo y le suelo ayudar en todo lo que le haga falta porque él es muy viejito pero aún de espíritu es fuerte y valiente.
A continuación os quiero relatar una verdadera historia de amor donde se produjo en las orillas de la playa de la Caleta. Una historia donde la luna fue la única testigo de una historia extraordinaria y hermosa.

Todo comenzó hace unos cuarenta y dos años. Un chico de pelo rizado castaño con ojos color avellana iba corriendo junto a una chica con un cabello largo de color negro. Ambos eran de constitución delgada y además se dedicaban al baile, eran unos verdaderos profesionales.

Alfredo: ¡Corre Sofía! ¡Nos mojamos! Como está la lluvia de traviesa.

Sofía: ¿Traviesa? ¡Travieso tú! ¡Nos estamos mojando por tu culpa! 

Alfredo: ¡Ala! ¡Te quiero enseñar una vista hermosa!

Ambos se asomaron a un barandal de la playa de la Caleta de Cádiz. Allí pudieron contemplar montones de barcos pesqueros que se alineaban a la luz de la luna llena de esa hermosa noche. Alfredo observó como Sofía no paraba de tiritar al pesar de que la lluvia hacía cesado. Se quitó su chaquetón largo de color marrón y se lo posó en los hombros de su chica.

Sofía: Gracias, Alfredo.

Ambos unidos de la cintura contemplaron el preciado momento, hasta que Alfredo cogió de la mano derecha a Sofía y le ofreció bajar a la playa. Alfredo y Sofía pisaron la fina arena de la Caleta y comenzaron a bailar bajo a la luz de la luna. Ella apoyó su rostro junto al hombro del chico y pudo oler a la colonia que a él le gustaba ponerse, Varón Dandy.

Sofía: Me encantas como huele.

Alfredo le respondió con una humilde sonrisa. Él y ella nunca olvidaría este día puesto a que este día él se arrodilló y le pidió matrimonio.

Alfredo: Debajo de esta luna llena y aquí en la Caleta te prometo cuidarte en lo bueno y en lo malo para toda la eternidad. ¿Quieres ser mi esposa?

Sofía no pudo contestar, y se apresuró a ponerse una mano en la boca por la sorprendida que le había dejado aquella situación.

Sofía: ¿En... serio?

Alfredo: ¿Te quieres casar conmigo, Sofía?

Sofía se abalanzó hacía Alfredo muy feliz. 

A los minutos ambos regresaron al piso que tenía alquilado Alfredo. Ahora estaban más calentitos y en el salón de su casa comenzaron nuevamente a bailar.

Alfredo: No sabes lo enormemente feliz que estoy de estar a tu lado mi querida Sofía.

Sofía: Te quiero.

Pasaron los años poco a poco, y la madera de ese salón se fue envejeciendo a la par de nuestros dos protagonistas. Eran dos viejecitos que se unían uno con otro al pesar del tiempo. Pero el fatídico momento llegó cuando una mañana Alfredo fue a poner una zapatilla a Sofía y ella con cara asustada le preguntó.

Sofía: ¿Quién eres?

Alfredo con cara triste no quiso saber en ese momento que lo que le pasaba a su mujer era aquello que siempre escuchaba en los medios de comunicación, y en los hospitales, la enfermedad del Alzheimer.

Siguió pasando los años y Jaime, sobrino de Alfredo, se quedó en la casa a vivir con ellos por motivos de trabajo. Se encargaría de ayudar a Alfredo en las tareas domésticas y en cuidar a Sofía en hacerle ejercicios de memoria. Sofía llamaba a Alfredo el doctor y a Jaime el enfermero.

Sofía: ¡Doctor! Me duele la rodilla un poquito. ¿Me la pones bien sobre la almohada? ¡Gracias doctor! ¡Qué guapo es mi enfermero favorito! ¡Hoy quiero sopita de pescado del estero!

Ella era muy presumida siempre se miraba en el pequeño espejo con un marco marrón clarita que tenía de joven y siempre decía que era muy guapa, eso sí que no se le olvidaba. Alfredo siempre la gustaba mirar la felicidad que ponía ella en ese espejo con su collar de perlas, observaba que su belleza nunca se marchaba de su lado.

Sólo pasó unos mesesillos de aquel momento cuando el corazón de Sofía no pudo aguantar más y entonces falleció. Alfredo lo pasó muy mal. Siempre estuvo ahí su sobrino para ayudarle pasar esos momentos de soledad pero no había nada como el estar al lado de la persona a la que amaba.
Una mañana ambos se fueron a tomarse un desayuno en un bar llamado el bar Yemaola, situado en la Plaza de las Alegrías. Un lugar céntrico de la ciudad y donde Alfredo y Jaime pasarían gran parte de esa mañana.

Jaime: ¿Se te apetece alguna tostada?

Alfredo: No se me apetece mucho.

Jaime: ¿Sabes tito? Esta plaza se llama, la plaza de las alegrías. Y voy a hacer que esta mañana sea alegre para ti, por lo tanto me vas a desayunar como un buen campeón.

Alfredo: Gracias sobrino. Bueno, vale. Ponme un cortado.

Tomó la taza del cortado y de repente se le cayó al suelo. En el cristal del bar pudo ver el rostro de una mujer triste.

Alfredo: ¿Cómo?

Jaime: ¿Te pasa algo tito?

Alfredo: No..., no te preocupes sobrino.

Alfredo se quedó con cara sorprendido y comenzó a recoger los trozos junto a su sobrino de la taza del café hasta que le frenó el camarero y los recogió él. Esa misma mañana Jaime no sabría en ningún momento que ese sería el último desayuno junto a su tío.

Llegó la noche y al ser fin de semana Jaime estaba afuera pasándoselo bien junto a Paco un amigo suyo, pero sería un gran error no haber estado esa noche con su tío. 

Alfredo tumbado en su cama observó como los reflejos de la luna llena daba de lleno al pequeño espejo de Sofía, y pudo ver de nuevo por segunda vez el mismo rostro de esa misma mañana.

Alfredo: ¿Sofía? ¿Eres tú?

Alfredo se levantó de la cama, cogió el espejo y por toda la casa se escuchó sus gritos de desesperación.

Alfredo: ¡No te vayas de mi lado! ¡Sigue a mi lado! ¡No puedo vivir sin ti! ¡Llévame contigo! ¡Quiero estar junto a ti! ¡Toda la eternidad!

Alfredo se vistió rápidamente, cogió su chaqueta y antes de marcharse de la casa le dejó una nota a su sobrino que la vería cuando regresase. Antes de marcharse de la casa, cogió el pequeño espejo y se lo llevó entre las manos.

Desde el teléfono de su casa llamó a un taxi y este le llevó a la playa de la Caleta.

Alfredo lentamente puso nuevamente la arena de la playa y comenzó a recordar en un pequeño flashback ese momento mágico cuando le pidió matrimonio a su esposa. Depositó el espejo en la arena. Él se sentó sollozando en la fría arena del otoño mirando el horizonte y aún en mente la pregunta de el porqué el destino hizo que Sofía se fuera de su lado.

Ese mismo momento las nubes abrieron a la luna llena que estaba oculta entre ellas y alzó un reflejo de su luz al espejo de Sofía. De repente Alfredo pudo contemplar como a través del espejo se podía ver una barca llegar con una persona encima. No se lo creía, a pesar de ser a las tantas de la madrugada había alguien entre ese montones de barca y había una que se dirigía hacía allí. Volvió la vista al mar donde podría ver mejor a la barca y a esa misteriosa persona envuelta de una luz plateada.

Alfredo: ¿Quién eres?

La persona misteriosa con pelo largo plateado y envuelto de un largo traje de color blanco se bajaba de la barca.

Alfredo: ¿Sofía? ¡Eres tú!

Un sorprendido Alfredo se acercó a Sofía que no hablaba. Sólo expresaba extrañeza.

Alfredo pudo sentir nuevamente el tacto de su mujer y comenzó ambos a bailar.

Sofía: ¿Quién... eres... tú?

El cuerpo de ambos volvieron a contactar el uno con el otro. La brisa marina alzaba el pelo de Sofía hacía arriba.

Alfredo: Sigues estando tan hermosa como la primera vez.

Ambos abrieron sus manos y tocaron sus palmas de la mano. Cuyo gesto siempre lo hacían de jóvenes antes de bailar. Sus dedos se entrelazaron.

Sofía: ¿Alfredo?

Alfredo se quedó sorprendido. ¡Había recordado! ¡Sabía quién era!

Alfredo: ¿Te acuerdas? ¿Sabes quién soy?

Sofía: ¡Alfredo! Perdona por haberte olvidado, querido.

En ese momento Jaime había regresado de la calle y se puso a leer la carta de su tío.

"Querido Jaime.
Vuelvo a la Playa de la Caleta. Tengo que buscar respuestas a esta angustia que tengo en mi corazón. Necesito respuestas, que sólo mi soledad y la luna sabrán responderme. 
Te quiero sobrino."

Ella puso su rostro en el hombro de su esposo como lo hicieron de jóvenes. Bailaron, y bailaron y la luna llena la observaba nuevamente bailar en la playa de la Caleta después de cuarenta y dos años. 

El tiempo se agotaba y Sofía se tenía que marchar. Se subió a la barca para emprender nuevamente el camino de regreso al lugar al que pertenecía. La luna se ocultó nuevamente entre las nubes.

Alfredo: No me abandones nuevamente, por favor. Estate conmigo.

Sofía: No puedo estar contigo, mi tiempo se agota cariño. Tengo que regresar.

Alfredo no se lo pensó y subió a la barca. Alfredo abrazó a Sofía pero ya no podía abrazarla.

Alfredo: ¡Necesito estar contigo! Quiero emprender este viaje contigo para toda la eternidad.
Sofía desapareció respondiéndole a Alfredo con una tierna sonrisa. Alfredo sintió un dolor muy fuerte en su corazón, y cayó al agua.

Jaime: ¡Tito! ¡Tito! ¡NOO!

Jaime se adentró al agua y recogió el cuerpo de su tío inconsciente. Esa noche terminaba con un Jaime llorando sin parar y dando golpes de impotencia contra la arena. 

2016.

Han pasado tres años de aquel suceso y una familia joven pasaron al lado de una tumba que decía: "Alfredo Muñoz & Sofía García. Bailarines del amor eterno".

Claudia: Que bonita frase mamá.

Juliana: ¿Te gusta cariño?

Claudia: Un montón.

Stéfano: Mamá, ¿le podremos poner flores?

Juliana: Claro que sí, Cariño. 

Mateo: Tomad pequeños. Una rosa blanca, y una rosa roja.

Los dos pequeños depositaron ambas flores sobre la lápida de nuestros protagonistas.

Claudia: ¡Ahora queda más bonita!

La familia joven se marcharon, y al atardecer llegó Jaime para poner junto a la lápida el espejo de Sofía que tenía guardado en un cajón de su cuarto durante estos últimos años.

Jaime: Creo que esto te pertenece, Sofía. Un beso para los dos.

Jaime con una lágrima en su mejilla derecha observó como una ráfaga de viento de aire alzaron al cielo los pétalos de la rosa roja y blanca. Cuyos pétalos danzaron sobre el atardecer anaranjado del frío otoño.

Fin.