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La Amanplesna. Capítulo 4: Reencuentros inesperados.

¡Hola!

Continuamos con las aventuras de Juliana y demás personajes en la Amanplesna. Llega este cuarto capítulo donde ocurren algunos que otros reencuentros totalmente inesperados para nuestra protagonista. Y además veremos algunos momentos en años atrás que nos aclarará el distanciamiento entre el padre de Juliana y ese misterioso señor que llegó a la casa. La busqueda está a punto de dar comienzo.

Disfrutar mucho de este cuarto capítulo.

Un saludo.

La Amanplesna. El Secreto de una Familia. Temporada 1. Capítulo 4: Reencuentros inesperados.
  • Sinopsis: En este nuevo capítulo podremos ver como Juliana se encuentra con un señor que le dará algunas pistas sobre su madre, ¿de quién se puede tratar? Además podremos ver como es el distanciamiento entre el padre de Juliana con este señor. Este misterio se resolverá en este capítulo. Además el final de este capítulo promete daros una gran sorpresa. No os perdaís detalles de este capítulo, pues pronto comenzará la búsqueda.
  • Descarga: Pincha aquí para descargar el cuarto capítulo en formato pdf.
La Amanplesna. El Secreto de una Familia. Temporada 1. Capítulo 4: Reencuentros inesperados.

Llegaba el atardecer y las nubes se escondían detrás del sol. Juliana y Cristina se iban a poner a ver una película, acompañados de unos helados cuando de pronto alguien llamó al timbre de la casa. Juliana con delicadeza se levantó del sofá del salón y se dirigió a abrir la puerta y saber de quien se trataba.

Cuando abrió la puerta, se encontró con un señor canoso y debido a la edad debería de ser bastante mayor.

Juliana: ¡Hola, señor! ¿Deseas algo?

Pascual, que así se llamaba aquel señor, se quedó muy sorprendido al ver el rostro de nuestra amiga.

Pascual: ¿Nieta?

De repente una gran impotencia recorría a toda velocidad por el cuerpo de Pascual y este no pudo aguantar más y rápidamente la abrazó. Revoleando de este modo al suelo todas las cartas que tenía sujeto en su mano derecha.
Juliana se quedó asombrada, tenía los brazos hacía abajo, no sabía cómo reaccionar. Pero lo que no sabe ella es que estaba a punto de conocer a su abuelo, el padre de su madre. Al pequeño rato Juliana levantó sus dos delgados brazos e intentó separarse de aquel señor.

Juliana: ¿Nieta? Creo que se está confundiendo.

Pascual se encontraba muy emocionado.

Juliana: Disculpe, ¿me conoces de algo?

Pascual: Pues... si. Me recuerdas mucho a mi hija.

Juliana: Vaya, me alegro que yo te recuerde a tu hija. Pero, ¿te puedo ayudar en algo?

Pascual: ¡Ah, si!

Pascual recogió todas las cartas que estaba tiradas en el suelo. Y en un pequeño acto de curiosidad observó el fondo de la casa, parecía estar como buscando algo o alguien.

Pascual: ¿Se encuentra tu padre en tu casa?

Juliana: No, no se encuentra en casa. Si quieres le dejo un recado.

Pascual estaba muy contento de ver de nuevo a su nieta, y le vino a la mente una hermosa escena.

Volviendo unos años atrás. En un hospital, se encontraba Pascual más joven y sin el pelo canoso mirando a través de un cristal una habitación con algunas incubadoras y allí con cara de felicidad estaba mirando a su pequeña y recién nacida nieta, pero de repente la cara se le cambió. Su rostro se volvió pálido y luego ha preocupado.

Pascual: (Susurrando) ¡Ojala! Se encuentre algún remedio.

Al decir esa frase, sintió como si alguien le diera unos toques en su hombro derecho. Se trataba de una enfermera.

Enfermera: No te preocupes, mis compañeros están haciendo todo lo posible para que ese problema desaparezca.

Pascual: Debe de haber alguna forma, ¡DEBE DE HABERLA!

Pascual, golpeó fuertemente el cristal.

Enfermera: No te preocupes.

Pascual: Quiero hacer todo lo posible para que ella pueda..., pueda sentirse mejor.

Enfermera: Claro que sí, ya verás que todas tus acciones no serán en vano.

Pascual: No entiendo como de repente de ser más sana que una manzana, comienza a emitirse en ella signos de malestares y debilidad.

Enfermera: No te preocupes, pronto se hallará las respuestas a todos esos problemas de tu pequeña.

Pascual: Voy a visitar a mi hija, a ver como se encuentra.

Enfermera: No, mejor visítala mañana. Debe de estar todo un día en reposo.

Pascual: Comprendo.

Enfermera: Bueno, me tengo que seguir trabajando. Y anímate. Se encontrará el remedio.

Pascual se dirigió a descansar sobre una de las sillas de la entrada principal del hospital y allí llegaba Carmelo más joven, con un gran ramo de flores.

Pascual se levantó de la silla y se puso delante de Carmelo.

Carmelo: ¿Aún no se lo has dicho?

Pascual: No, no quiero que mi hija sufra. Tú ya sabes como es Julia con estas cosas, se lo toma todo muy a pecho.

Carmelo: Entonces lo haré yo.

Pascual: ¡NI TE ATREVAS!

Carmelo: Pero..., ¡es su hija! Debe de saber su estado. Y además no entiendo porque le prohibiste a los médicos de que no se lo dijera.

Pascual: No quiero que sufra.

Carmelo: Pascual, ¡por Dios! ¡Estás loco! ¿Cómo puedes ocultar estas cosas?

Pascual: Como le digas algo, cualquier cosa. Voy a hacer a todo lo posible para que no la veas más.

Carmelo: Te recuerdo que ella y yo, somos marido y mujer.

Pascual: Pues te recuerdo que yo soy su padre. Y haré todo lo que yo quiera.

La escena de un Carmelo enfurecido y un Pascual con los puños cerrados se desvanecía. Después de recordar aquel acontecimiento, volvía a ver a su nieta en la actualidad de nuevo delante de él. A lo lejos se podía oír el motor de un coche, se trataba de Carmelo que venía de trabajar en la universidad. Salió del coche con una carpeta azul, donde tenía archivado todos sus documentos. Pascual lo observaba con desdén.

Juliana: ¿Señor?

Interrumpió Juliana.

Pascual: Perdona, estaba por las nubes. Pero no me llames señor, llámame...



Carmelo interrumpió a Pascual.

Carmelo: ¿Qué haces aquí? Juliana, entra en casa.

Juliana: ¿Cómo? ¿Papá que está pasando aquí?

Carmelo, cogió el brazo de su hija, la metió dentro del salón y cerro la puerta del salón y luego echó el pestillo.

Juliana: ¡PAPÁ, ABREME! ¡PAPÁ, ABREME!

Pascual: Tengo derecho a ver a mi nieta.

Juliana puso la oreja si podía oír lo que pasaba pero las voces de Carmelo y Pascual no llegaban al salón.

Y en voz baja, habló Carmelo.

Carmelo: ¿Y yo? ¿Nunca te has preguntado que yo tengo derecho de ver a mi mujer?

Pascual: Por tu culpa, está en ese lugar.

Carmelo: El numerito lo formaste tú.

Y ahora aparece otro recuerdo de años atrás, cuando Carmelo entra con el ramo de flores en la habitación del hospital donde se encontraba reposando del parto Julia.

Carmelo, dejó el ramo de flores en un jarrón y lo echó agua. Observó a su mujer, acostada con su largo cabello rizado rubio y clarito.

Carmelo: Cariño, ¿estás despierta?

Julia: ¡Cari! Hola. ¿Qué tal se encuentra nuestro bebé?

Carmelo: Muy bien, pero me gustaría hablarte de ella.

Y resoplando por haber corrido tanto llegaba Pascual, el padre de Julia.

Pascual: ¡Carmelo! ¡Cállate! ¡NO LE DIGAS NADA!

Julia se inclinó en la cama, se sentó y con cara de preocupación miró a los dos.

Julia: Carmelo, ¿qué está pasando? ¡Dime lo que me tengas que decir!

Pascual: No hija, por favor no le escuches. Se encontrará un remedio.

Julia: ¿Un remedio? Por favor, no me asustéis. ¿De qué estáis hablando?

Carmelo: Joder. A ver cariño, a nuestra hija unos síntomas de malestares generales por el cuerpo, afectándole al aparato respiratorio. ¡LO SIENTO TE LO HE TENIDO QUE DECIR! ¡NO VEÍA NADA COHERENTE DE QUE NO TE LO DIJERAN!

Julia no respondía, tenía la mirada fijada en frente suya, esas palabras le cayeron como si fueran relámpagos.

Pascual: ¡Hija! ¡No le escuches! Se encontrará un remedio de salvarla, los médicos me lo han dicho.

Julia se puso en las manos en la cabeza poco a poco.

Julia: ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡NOOOOOOOOOOOOOOO!

Julia se estaba despeinando con sus propias manos, y se estaba dando golpes sobre su cabeza. Rompió todos los cables que la agarraban de sus brazos. Y acto seguido se levantó de la cama.

Julia: ¡MI HIJAAA! ¡MI HIJAAAA! ¡NOOOOOOOO! ¡MI HIJAAA! ¡NOOOOOOOOOO! ¡ME DIJERON QUE HABÍA NACIDO EN PERFECTA CONDICIONES!¡NO POR FAVOR! ¡SEÑOR NO TE LA LLEVES! ¡NO POR FAVOR! ¡NO TE LA LLEVES! ¡SEÑOR NO TE LA LLEVES! ¡POR FAVOR!

Su cuerpo se paró de moverse por toda la habitación y se sentó en una esquina de la habitación temblando de miedo.

Carmelo: Cariño, no te pongas así. Todo se solucionará. Tienes todo mi apoyo.

Juliana: Carmelo… Sabes que nos ha costado mucho tenerla. Es mi tesoro. Es mi hija.

Juliana sujetó su cabeza entre las manos y miró al suelo.

Pascual se dirigió a Carmelo y este le dio un puñetazo en toda la cara. Y la cara de Carmelo estaba sangrando.

Pascual: Vete de esta habitación. ¡ENFERMERAS! ¡ENFERMEROS!

Carmelo: ¡Estás loco!

Pascual: Por tu culpa mira como has dejado a mi hija, ¡ENFERMEROS! ¡ENFERMERAS! ¡¡Llevarse a este hombre!!

Unos médicos cogieron por los brazos a Carmelo.

Pascual: Llamar a la policía, estaba a punto de hacer daño a mi hija.

Carmelo: ¿CÓMOO?

El recuerdo se desvanecía cuando las enfermeras y los enfermeros se llevaban a Carmelo.

Carmelo: Eso fue lo que ocurrió. Pero gané la protestad de mi hija en el juicio. Y ahora conseguiré a tu hija, cueste lo que cueste. ¡ES MI MUJER!

Pascual: Estás totalmente equivocado.

Pascual revoleó de nuevo todas las cartas. Y una de ellas entró por la rejilla de abajo de la puerta del salón. Juliana pudo observar como una carta había entrado y la cogió sin pensárselo.

Juliana: Esta es una de las cartas que tenía aquel señor.

Cristina: ¿Qué pasa?

Cristina dejó los helados encima de la mesa y agarró por la cintura a su amiga.

Pascual: ¿Ves esas cartas? Esas cartas llegaron a la clínica de salud mental, pero ninguna ha pasado por mi hija.

Carmelo: No creo.

Pascual: Pues si debes de creer, dentro de tres semanas nos iremos. Y tu nunca más volverá a saber de ella.

Carmelo: Pascual, debemos de hacer algún trato.

Pascual: Eso mismo te lo dije en el juicio, pero no me escuchaste. Así que ahora es mi jugada, yo me quedo con mi hija y tu con tu hija.

Carmelo: La encontraré, tarde o temprano, la encontraré.

Pascual: ¡Hasta la vista! Incrédulo.

Pascual abrió la puerta de su coche y Juliana pudo verle como se marchaba a través de la ventana del salón.

Carmelo cerró la puerta de su casa.

De repente Carmelo se le vino un recuerdo. Cuando salió de una comisaría y llegó a su casa totalmente desolado por el acontecimiento ocurrido. Alguien llamó al teléfono de su casa y se trataba de la misma enfermera que atendió a Pascual.

Carmelo: ¿Quién es?

Enfermera: Hay un remedio para curar a tu hija. La Amanplesna.

Carmelo: ¿Cómo?

Enfermera: Acércate cuando puedas al hospital, te proporcionaré toda la información para su búsqueda. No te arrepentirás.

Carmelo: De acuerdo, allí estaré.

La enfermera colgó el teléfono y se puso delante de un espejo. Abrió ampliamente una sonrisa. Acto seguido su cara y todo el cuerpo se derretía lentamente. Se convirtió en la vieja anciana.

Anciana: Todo marcha como lo había planeado en un principio. Buscará la dichosa planta, y yo tendré la inmortalidad.

Tras unas horribles risas se convirtió en una sombra y desapareció de la habitación.

Volviendo a la actualidad, vemos a Juliana con una carta en sus manos y a una amiga totalmente curiosa para saber lo que ocurría tras la puerta.

Cristina: ¿Por qué nos ha cerrado aquí dentro tu padre? ¿De qué estaba hablando tu padre?, no nos hemos enterado de nada. ¿Qué pone esa carta?

Juliana abrió la carta. Y se puso a leerla. Al terminar la carta, leyó el remitente. Estaba bastante sorprendida, no daba crédito a lo que estaba leyendo. La carta se le cayó al suelo. Juliana se sentó en el sofá y con las manos temblando se tocó el pelo y miró a su amiga.

Cristina: ¿Qué te pasa Juliana? ¿Qué has leído?

Cristina volvió a coger la carta y la leyó.

Querida esposa mía:

Esta es la carta número sesenta y dos que te mando.
Estoy investigando en una posible curación para nuestra hija, Juliana.
Se trata de una planta que se encuentra cerca de los pirineos, pero no encuentro la localización exacta.
Allí se encuentra una gruta y en su interior hay una planta que hace grandes milagros, cura cualquier problema de salud.
Corren rumores de que esta planta cura cualquier enfermedad. Nuestra hija por fin se curará.
La Amanplesna apagará todas nuestras dudas, pero necesito estar a tu lado.
Julia necesito de tu compañía, sin ti no soy nadie. Necesito estar a tu lado.

Te amo para toda la vida, esposa mía.

Te quiere: Carmelo.

Al terminar de leer la carta, Cristina miró el remitente.

Cristina: ¿Es aquí donde se encuentra tu madre?

Juliana: Si, Cristina.

Levantó la cabeza y miró por la ventana.

Juliana: Mañana a primera hora, llamaré a Mengu a ver si me puede llevar a Madrid. Voy a encontrar a mi madre.

Cristina: ¿Y tu padre?

Juliana: Me escaparé de casa. Necesito ir a ese lugar, quiero estar con ella.

Carmelo entró al salón y Juliana se escondió la carta por detrás.

Carmelo: Hija, perdona por lo de antes.

Juliana: No te preocupes, papá. Me voy a mi habitación, ¿me acompañas Cristina?

Cristina: Si, un momento que voy a ir al cuarto de baño.

En el cuarto de baño, Cristina marcó un número de teléfono en su móvil. En esta escena solo se ve los labios de Cristina.

Cristina: Pascual ha funcionado. Hemos tenido suerte. Mañana estaremos en Madrid.

Continuará…

No os perdáis detalles del próximo capítulo.

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